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La generación ansiosa

En su tesis menciona que los niños prosperan cuando están enraizados en comunidades del mundo real, con humanos reales, en contextos reales y no en redes digitales / virtuales incorpóreas. Con base en los datos de Jonathan, crecer en el mundo digital / virtual fomentó en ellos problemas mentales y síntomas como la ansiedad, la anomia y la soledad. Y concluye de forma alarmante que estamos ante “La Gran Reconfiguración de la infancia”, en la que pasamos de una basada en juegos y experiencia, a otra basada en interacciones algorítmicas centradas en el teléfono inteligente y lo digital

La primera semana de 2026 estaba viendo por primera vez “El juego del calamar” en Netflix. Pero no la serie, sino los concursos con gente real que simulan al Juego del calamar (bueno… también una serie pero del tipo “reality»). Para mis ojos entrenados en medios, tecnología y cultura, me pareció un fascinante experimento social de comportamiento humano y un reflejo del estado social, cultural, económico y político del mundo en el que habitamos. Pero hubo un instante en particular que me hizo levantar del sillón, pausar la serie y quedarme con la boca abierta ante lo que estaba observando y descubriendo. Intentaré explicarlo a continuación.

En uno de los juegos, el reto consistía en aventar con la mano, una pelota de tenis hacia otro concursante. El concursante que recibía la pelota tenía que cacharla, capturarla, sin que se le cayera de las manos. Una vez que poseía la pelota, tenía que repetir la acción y aventarla a otro concursante para ser cachada. El reto consistía en no tirar la pelota. Pero si la pelota se caía, tanto el receptor como el emisor “eran eliminados” del juego.

Seguro pensarás ¿qué hay de peligroso en aventar una pequeña pelota de tenis? Honestamente. NADA.
Pero cuando llegó el turno de los más jóvenes, comenzaron a eliminarse como moscas. Es decir, no podían lanzar, ni cachar la pelota. Y cuando las distancias eran más grandes, parecía un reto imposible. Como si esos jóvenes nunca hubieran jugado jamás. Y el patrón se repetía todo el tiempo.

Esa generación de jóvenes era increíble jugando en retos individuales y más en retos mentales, pero absolutamente frágil en temas minúsculamente físicos o colaborativos. Y fue así que decidí iniciar el año buscando respuestas y tomado un libro que ya tenía en mi poder, pero que había pospuesto su lectura: La generación ansiosa de Jonathan Haidt.

El libro inicia así:

Imaginemos que cuando tu primogénita cumple 10 años, un multimillonario al que no conoces la selecciona para que forme parte del primer asentamiento humano en Marte. Sin que tú lo supieras se ha inscrito ella misma y todos sus amigos. Si los niños pasan la pubertad y dan el correspondiente estirón en Marte sus cuerpos se adaptarán para siempre, a diferencia de los colonos que lleguen ya adultos. No se sabe si los niños adaptados a Marte podrán volver a la tierra. ¿La dejarías ir?

Justo así inicia «La generación ansiosa”. En la analogía, Marte son las redes sociales; el multimillonario, son las grandes tecnológicas; y los niños, son la generación Z, es decir los nativos digitales que se desarrollan en un hábitat virtual distinto de sus mayores y alejado del mundo real.

Este libro es básicamente un ensayo crítico, en el que Jonathan Haidt expone las consecuencias negativas que internet, el smartphone, las redes sociales, los algoritmos y los videojuegos; tienen para el desarrollo de los niños. Cuando les su critica sobre los videojuegos, soy muy excéptico sobre su análisis pero honestamente, casi no los toca, se mete fuertemente contra las redes sociales y el teléfono móvil y ahí sí que estoy de acuerdo.

En su tesis menciona que los niños prosperan cuando están enraizados en comunidades del mundo real, con humanos reales, en contextos reales y no en redes digitales / virtuales incorpóreas. Con base en los datos de Jonathan, crecer en el mundo digital / virtual fomentó en ellos problemas mentales y síntomas como la ansiedad, la anomia y la soledad. Y concluye de forma alarmante que estamos ante “La Gran Reconfiguración de la infancia”, en la que pasamos de una basada en juegos y experiencia, a otra basada en interacciones algorítmicas centradas en el teléfono inteligente y lo digital.

Jonathan señala que esa Gran Reconfiguración ocurrió entre 2010 y 2015, ya que la vida social de los adolescentes se movió a los smartphones y la vida social de Internet, impactando a toda una generación de niños que enfrentaron su maduración hacia la adolescencia y los identificamos como la generación Z. Este cambio afecta ciertas etapas importantes de la infancia humana en su camino a la adquisición de habilidades y conocimientos de su vida adulta, las cuales son:

  1. Infancia de crecimiento lento: los humanos somos animales culturales, la cultura remodeló a fondo nuestro camino evolutivo. Uno de esos cambios fue el dominio del fuego, ya que la mandíbula e intestinos, redujeron su tamaño. Nuestro cerebro se agrandó porque nuestra capacidad de aprender de los otros, fue necesaria para nuestra sobre-vivencia. La evolución no solo alargó la infancia para sobrevivir y proveer el aprendizaje acumulados por la sociedad a la que se pertenece, también incorporó tres fuertes motivaciones para hacer del aprendizaje más fácil y probable: el juego libre (considerado por Jonathan como el trabajo de la infancia), la sintonización y el aprendizaje social. Con la inmersión de Internet, los teléfonos móviles y las redes sociales en la vida de los niños, ya no pudieron ejercer una infancia potenciada por esas tres motivaciones, reconfigurando por completo la infancia.
  2. Sintonización: los niños humanos están hechos para conectar con los demás. Pero basado en datos de Jonathan, el 17% de los padres se distraen a menudo mientras están pasando tiempo con sus hijos y un 52% afirma que se distraen “aveces”. Si los sumas son 69% de los padres, que ya no tienen plenitud en el tiempo de interacción con sus niños. Esta distracción interfiere en el vínculo que se construye entre ambos. La conexión social y la sintonización comienza a derrumbarse. Los niños al crecer desarrollan dificultades emocionales de regulación, comportamientos erráticos, problemas para establecer vínculos sociales y no son capaces de resolver situaciones problemáticas.

Déjenme explicar más a fondo. Se me viene a la mente uno de los conceptos más interesantes que he conocido en mi vida: el comportamiento cultural tribal “Ubuntu”, una filosofía africana originaria de las culturas bantúes, especialmente zulú y xhosa en Sudáfrica, que enfatiza la interdependencia humana y el valor de la comunidad por encima del individuo. Ubuntu, que se traduce como «yo soy porque nosotros somos» (umuntu ngumuntu ngabantu), surge de tradiciones orales tribales y promueve la humanidad compartida, la generosidad y la lealtad grupal. Esta práctica, se transmitía mediante proverbios, rituales y la vida cotidiana de la tribu, fortaleciendo la cohesión en comunidades enfrentadas a desafíos como sequías o conflictos.

Honestamente hemos perdido nuestros rituales tribales y los hemos sustituido por otros. Nuestras relaciones colectivas cambiaron, nuestras identidades sociales se movieron a lo individual y no la comunidad. Es un individualismo occidental que enfatiza y privilegia al «yo» por encima del grupo.

Jonathan referencia a los antropólogos al señalar que los rituales culturales ayudaban a renovar la confianza de las relaciones atrofiadas. En sus estudios sobre religión y moral, el sociólogo Durkheim describe cómo, en reuniones, ceremonias o momentos de gran concentración colectiva, se genera una energía emocional que “circula” entre los individuos y los sobrepasa. Esa energía no es psicológica individual, sino una fuerza propiamente social: nace de la reunión, se impone a cada uno y refuerza la cohesión del grupo.

En defensa de las comunidades digitales, es cierto que al hacer un livestream, una campaña online en un videojuego o comentar un post de cualquier plataforma social; nuestra comunidad se está expresando de forma digitales. Y lo hace con tal “electricidad” o efervescencia social (que para Durkheim, sería un fenómeno fascinante de analizar), que ha provocado movimiento interesante en el mundo análogo. Dichas manifestaciones van desde movimiento como el MeToo hasta el Black Lives Matters.

Pero Jonathan critica a las redes sociales y el teléfono inteligente porque han llevado a nuestras infancias y adolescencias a sustituir esos “rituales físicos” por horas y horas de interacciones asincrónicas, digitales, virtuales. Incrementando la generación y consumo de contenido online, el F.O.M.O., potenciando la reputación digital (influencers) y la creciente adicción algorítimica diseñada para mantener a sus usuarios el máximo tiempo posible frente a la pantalla; todas combinadas están destruyendo a toda una generación que no está desarrollando las habilidades necesarias para una vida física real.

Jonathan cree que la cantidad de tiempo que se invierte en esta interacción asíncrona ha desatado una epidemia de soledad y una disrupción en los modelos de comportamiento. El sesgo de conformidad y el sesgo de prestigio están contribuyendo a este fenómeno. Las redes sociales, gracias a sus likes, sus clicks, sus vistas, los comentarios, los memes o la presión de popularidad por el número de seguidores, en su conjunto se han convertido en el motor de más eficiente de la historia, que puede moldear en unas pocas horas, el modelo mental de un adolescente respecto a qué constituye un comportamiento o idea aceptable.

Eso me trae a la mente lo que ocurre con el reciente fenómeno “incel”, comunidades, sobre todo de hombres jóvenes, que se autodefinen como “célibes involuntarios”, que canalizan su frustración afectivo-sexual en ideologías misóginas y de odio. En sus versiones más radicalizadas, este entorno online se ha vinculado con procesos de extremismo y algunos episodios de violencia en el mundo offline. “Incel” viene del inglés involuntary celibate (célibe involuntario), acuñado en los años 90 por una joven canadiense que creó un espacio de apoyo para personas solas y sin éxito afectivo.

Recientemente una serie llamada “Adolescencia” (Adolescence) una miniserie británica de Netflix estrenada en marzo de 2025, exploró el asesinato de una adolescente por un chico de 13 años influido por la ideología incel. Esta producción aborda temas como la masculinidad tóxica, la violencia digital y la radicalización en redes sociales, convirtiéndose en un fenómeno global con gran impacto cultural. Es un claro espejo que muestra cómo comunidades en línea como Reddit o 4chan fomentan resentimiento contra mujeres («Staceys») y hombres atractivos («Chads»), llevando a jóvenes solitarios a la deshumanización y violencia.


Una nueva era en los modelos de “inflluencia”

El antropólogo evolutivo Joe Henryk señaló que la influencia se basa en el prestigio (personas que han alcanzado la excelencia en una actividad valorada). En la actualidad, las personas perciben la excelencia cuando otras personas apuntan a alguien prestigioso cuando reúne criterios como: millones de seguidores (alcance), millones interacciones (likes, comentarios, corazones, engagement), no importando su experiencia y conocimiento real en temas específicos.

La fama digital (confundida como influencia real), ha venido a simplificar y sustituir nuestros estándares de líderes basados en conocimiento, a líderes basado en alcance masivo. Las personas se deslumbran de la gente con “fama” porque maximizan su aprendizaje y por “asociación”, aumentan ellas mismas su fama y prestigio.

En síntesis, las redes sociales basadas en el “prestigio digital”, han hackeado el principal mecanismo de aprendizaje de los adolescentes, al distraer su atención, tomar su tiempo e influenciar su comportamiento imitativo, facilitando una variedad de modelos de conducta con los que desarrollan modelos de conducta específicos que no son benéficos para él, pero sí lo son para los modelos comerciales nada éticos de las plataformas digitales.

  1. Cerebros expectantes y periodos sensibles: para Jonathan un desarrollo sano del cerebro depende de las experiencias correctas, a la edad correcta, en el orden correcto, en el periodo correcto, en el momento correcto debido a la “maleabilidad” del cerebro. Los seres humanos tienen ciertos periodos críticos para el aprendizaje. Por el ejemplo el sentido del “yo” ocurre entre los 9 y 15 años de edad, ya que existe un sistema de significado cultural para las relaciones interpersonales que solidifica la identidad personal a la que se está emocionalmente apegados.

La pregunta que plantea Jon es ¿qué ocurre cuando a un niño de 11 años (o antes) le das su primer smartphone? Se exponen a un torbellino de contenidos, experiencias, influencers, sin filtro, sin orden, sin criterio; alterando su identidad, sus emociones, su personalidad, su entendimiento del mundo, provocando que sus relaciones cambien por completo para alguien de su edad, moldeando así su identidad. Es así que la generación Z fue la primera generación humana que pasó su infancia y pubertad con un smartphone. La primera que fue “encarcelada” en casa por una pandemia y por la creciente inseguridad y violencia en las calles de nuestras ciudades. También fue la primera que no ha vivido aventuras hombro-hombro, cara-cara con sus amigos (as). ¿Qué consecuencias y reconfiguraciones tendremos? Definitivamente estamos en la antesala de verlas de frente.

Déjenme poner un poco de la respuesta y no está en libro, es mi hipótesis personal: tendremos una generación llena de humanos ansiosos, depresivos, frágiles, adictos digitales, manipulables, anti-sociales, con nulo pensamiento crítico, con amplia individualidad, con baja capacidad de resolución de conflictos, distraídos, incapaces de mantener la atención en tiempos prolongados, sin habilidades de lectura, sin comprensión de información, con aversión al riesgo, miedo a las amenazas, aversión a la innovación, adictos a la satisfacción inmediata, pero siempre acostumbrados a las opciones amplias como catálogo de Netflix, aunque sus decisiones sean las mismas de siempre, las “seguras” (mentalidad de escasez). Y esto, es un problema a resolver.

  1. El modo descubrimiento: para Jonathan, estos niños crecieron en un mundo que los sobre-protegió en el mundo offline, pero los infra-protegió en el mundo online. Esto moldeó el cerebro de los niños en un modo “defensa” con menos apego seguro y una menor capacidad para gestionar o evaluar el cambio, la aventura o el riesgo. Ven amenazas en lugar de oportunidades. Ese termostato que les permite identificar amenazas y resolverlas (ya sea escapando o dominándolas), está descompuesto y pareciera que el modo defensa está permanentemente activo. Aunque por defecto sea el “modo descubrimiento” el mecanismo con el que nacimos activado, es así que el contexto cultural es el mecanismo que nos lleva a apagarlo y encenderlo.

El modo descubrimiento fomenta el aprendizaje y el descubrimiento. Pero en 2014 cuando la generación Z que llegó a los campus universitarios, Jonathan expone que el cambio se notó de inmediato. Las unidades de atención psicológica se desbordó, llegaron jovenes angustiados, depresivos, con miedo. La cultura de los Campus cambió radicalmente en todo el planeta.

Jonathan hace mención al concepto de “antifragilidad” que aborda en su libro Nassim Taleb, en el que describe sistemas, personas u objetos que no solo resisten el caos, la volatilidad y el desorden, sino que mejoran y se fortalecen con ellos. Taleb introduce una tríada clave: lo frágil (se rompe con el estrés), lo robusto (resiste sin cambiar) y lo antifrágil (gana con la incertidumbre). Taleb propone estrategias como exposición opcional al riesgo (barras) y «skin in the game» para fomentar antifragilidad en negocios y vida personal.

Lo que vi en el Juego del Calamar, fue la primera generación de esos niños convertidos en jóvenes integrándose a la realidad del mundo. Y vi exactamente lo contrario de lo que planeta Nassim Taleb; vi fragilidad pura. Vi el daño de una burbuja creada para una generación que dentro de la burbuja desarrolló otras habilidades de una burbuja virtual, digital, no apta para el mundo físico real. La capacidad de esos humanos de procesar, gestionar y superar la incomodidad, la frustración, los accidentes, lo impredecible, lo volátil, el cambio, los conflictos sin caer presa de su agitación interior, es nula. Es frágil.

Nosotros tenemos una reseña profunda del libro de Nassim en esta liga, y grabamos un episodio analizándolo por acá.

Los niños antifrágiles requieren “riesgo” en sus juegos para desarrollar su “modo descubrimiento”. Es a través de su “calibración” del miedo y la alegría, que los niños desarrollan competencias para juzgar los riesgos, tomar las medidas apropiadas y cuando las cosas van mal, pueden gestionarlo por ellos mismos. La altura, la velocidad, las herramientas peligrosas, los juegos bruscos y esconderse son los principales tipos de emociones que los niños necesitan para hacerle frente al miedo, los errores, crecimiento y aprendizajes. Los videojuegos, si bien producen emociones similares, no proporcionan los riesgos del mundo físico. Jonathan afirma que somos criaturas corpóreas, no virtuales.

Y coincido con Jonathan. Este fin de semana estaba viendo el canal RedBull TV https://www.redbull.com/int-en/channels/best-of-red-bull-stream y estaban haciendo una síntesis de lo mejor del año de 2025. Me sorprendió una cosa: hay toda una generación mayoritaria de deportistas veteranos rompiendo récords mundiales y llevando el extremismo de los deportes al máximo nivel ¿y en dónde quedaron los jóvenes?

Mira te pongo un ejemplo: el campeón mundial de skateboarding, Sandro Dias, considerado una de las grandes leyendas del skate mundial y apodado “Mineirinho”; estableció un nuevo récord mundial por la caída más alta en skateboarding, aprovechando la singular forma del edificio del estado brasileño de Rio Grande do Sul como la mega rampa perfecta.

El tema es que Sandro Dias no es un joven intrépido, es un veterano nacido el 18 de abril de 1975 en Santo André, São Paulo, Brasil. No es un joven nacido en los dos miles. Y eso es preocupante. Porque tiene razón Jonathan al afirmar que el modo “descubrimiento” se está congelando.

Pero para Jonathan la principal causa de pérdida autonomía infantil es la crianza temerosa que los padres comenzaron a experimentar debido a los contextos mundiales. Dichos factores son:

  • Los cambios graduales en el diseño urbano gracias a la urbanización
  • Declive de sentimiento de cohesión social
  • Temor a que todos fuesen una amenaza de sus hijos
  • La quiebra de la solidaridad abierta, debido a casos de abuso infantil

Su efecto fue la “sensación” de que no se podía confiar en los adultos y la sociedad, respecto a su interacción con nuestros niños. Yo agregaría que en países latinoamericanos, el contexto económico, social, político y un agresivo aumento en la criminalidad, tráfico de órganos, violencia y crímenes sexuales, obligaron a toda una generación de niños, dejar de jugar en los espacios públicos y comenzar a ser encarcelados en sus casas, dejándolos propensos de la tecnología.

Ese es el mundo en el que se crió la Generación Z. Un contexto peligroso que les impidió explorar y activar su “modo descubrimiento” y pasar naturalmente al “modo defensa” y un contexto de sobreprotección.

  1. La pubertad y la obstrucción de la transición a la adultez: como ya expresé, el desarrollo del cerebro humano tiene etapas muy puntuales, en busca de eficiencias, maduración y conocimiento. Los cambios en las experiencias de los niños y adolescentes, tienen efectos de largo plazo que cambian su transición a la adultez. La adolescencia tiene una plasticidad cerebral importante, un periodo que debería tener especial atención en temas como el aprendizaje cultural, nutrición, sueño y ejercicio.Para Jonathan los smartphones son el segundo gran inhibidor de las experiencias.

Esta es una fotografía de nuestros tiempos

Lo que sí podemos decir de Jonathan Haidt, es que retrató el problema claramente: tenemos la primera generación que ha dejado de “jugar, explorar, experimentar y aprender” de la manera en como las generaciones anteriores lo hicieron. Además por primera vez en la historia, fue acompañada enteramente por un teléfono inteligente, dotado de conectividad (internet), redes sociales, algoritmos, contenido y placer digital. El resultado: una disrupción en la madurez y la salud mental de toda una generación que está pasando de la adolescencia a la edad productiva.

Ya lo veníamos viendo cuando detectamos en nuestros reportes de tendencias veíamos a los “ninis” (jóvenes que ni estudian ni trabajan) adictos a las redes sociales, y en Japón vimos a los “hikikomoris», jóvenes auto-recluidos en sus habitaciones y enchufados constantemente a internet . Y esto parece ser solo la punta del iceberg, ya que todo esto se agravará con la Inteligencia Artificial, capaz de llevar al siguiente nivel los efectos que ya vimos en la primera expuesta. Ahora la I.A. es capaz de volverse en un compañero fiel, complaciente e incluso, crear una avatar para sostener una relación con su usuario.

La gran foto hasta ahora, es que las redes sociales y sus algoritmos en su modelo actual, dañaron el cerebro de nuestros niños y jóvenes, les privaron de su capacidad social analógica al sustituirla por una digital / virtual basada en avatares, seguidores, likes, contenido, engagement, reacciones, tiempo de pantalla y fama / reputación digital; volviéndolos en adictos algorítmicos que segregan la droga biológica más adictiva de la historia: dopamina.

La combinación de IA + conectividad + redes sociales + inmediatez + economía de la atención; convirtieron al smartphone en una aguja hipodérmica, que suministra dopamina digital las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, para una generación que se ha vuelto adicta a esa combinación llena de instantaneidad. Y que todos somos parte e incluso, hemos mirado a otro lado en lugar de atrevernos a hacer un cambio.


El mismo Bill Gates, cuando analizó el libro de Jonathan se le vino a la mente unas preguntas:¿Habría desarrollado el hábito de la curiosidad si hubiera crecido con la tecnología actual? ¿Si cada vez que estaba solo en mi habitación de niño, había una aplicación que me distraía? ¿Si cada vez que me sentaba a resolver un problema de programación de adolescente, aparecían cuatro mensajes nuevos

Sus preguntas me hicieron pensar en otras. ¿Qué se siente haber invertido agresivamente en Facebook e Instagram cuando te enteras que tiene este efecto en la niñez y la juventud? Creo que nunca veremos realmente un acto de congruencia de parte de nuestros líderes tecnológicos. Pero a Bill Gate, le preocupa especialmente el impacto en el pensamiento crítico y la concentración.

Para Bill la capacidad de atención es como músculos, y las interrupciones constantes y la naturaleza adictiva de las redes sociales dificultan enormemente su desarrollo. Sin la capacidad de concentrarse intensamente y seguir una idea a donde sea que la lleve, el mundo podría perderse los avances que se logran al concentrarse y perseverar, incluso cuando la dosis de dopamina de una distracción rápida está a un clic de distancia. 

La misma revista Wired publicó un artículo en donde muestra cómo directivos como Mark Zuckerberg CEO de Meta a pesar de publicar estudios que demuestran que Instagram puede tener un efecto negativo en las adolescentes, nos les interesa invertir recursos para abordar la seguridad y el bienestar de los niños, exponiendo que no es rentable para su negocio.

Entonces ¿cuál es la solución?

Mientras escribo este artículo, en Chile se está llevando a cabo el Congreso Futuro y en una de las conversaciones del evento giró entorno a que en 2026 se buscará sacar el teléfono móvil de las aulas chilenas. El mismo debate se está llevando en ciudades como Medellín, en donde compañías como COMFAMA ha abierto el debate público respecto a una pregunta: ¿qué tal si sacamos el teléfono móvil del aula? como parte de una campaña o iniciativa de reflexión sobre el uso de celulares en entornos educativos, más que una política o servicio específico que se pueda «sacar» mediante un proceso administrativo. La campaña busca promover la concentración y reducir las distracciones en las aulas. 

En la ciudad en la que habito: Querétaro, su Congreso aprobó por unanimidad, una reforma que prohíbe el uso de celulares en clases y endurece penas por grooming y delitos digitales contra menores.
En específico, la “Ley para la Protección de Niñas, Niños y Adolescentes en el Entorno Digital”, establece medidas para regular el uso de celulares en escuelas y restringir el acceso de menores a redes sociales en horario de clases, con el objetivo de prevenir delitos digitales como el grooming y el sexting. La secretaria de Educación del estado, Martha Elena Soto, informó que se están aplicando encuestas en niveles de educación básica y media superior para evaluar el impacto de estas medidas.

Lo cierto es que históricamente nunca hemos resuelto nada tomando la postura de la “prohibición”. No podemos solo prohibir el Internet, las redes sociales, los smartphones o la IA solo porque tenemos evidencia que tienen efectos negativos en una generación. El problema no está en la tecnología perse, pero sí en la forma en como utilizamos y entendemos esa tecnología (vieja conclusión que nunca terminamos de aprender).

Lo que sí necesitamos es entender profundamente por qué tuvimos esos efectos negativos. Y encontraremos que hay un vacío en la forma en como hemos desarrollado nuestra “cultura digital” alrededor de esta tecnología. Las preguntas interesantes serían: ¿cómo sí usar de forma benéfica las redes sociales? ¿Cómo sí entender el impacto y oportunidad que nos trae el mundo conectado? ¿Qué ventajas trae para la educación los avances en gamificación, diseño de experiencia, diseño de interfase y diseño de comportamiento, que trae el mundo de los videojuegos? ¿Cómo la I.A. aporta a nuestro crecimiento sin desplazar los elementos que nos permitieron ser estos evolucionados animales sociales culturales? Y la más importante ¿Cómo involucramos a todos los actores: política, empresa, educadores, padres de familia, medios, sociedad; para elevar nuestro nivel cultural respecto a temas tecnológicos y resolver el analfabetismo existente?

Responderlas es urgente (lo era de los 90 cuando comenzamos a pensar en futuros sobre estos temas, pero ahora que ya los tenemos, necesitamos atenderlas con prioridad y evidencia).

En Creative Talks Podcast, cuando nos enteramos que el debate sobre el uso de Internet, las redes sociales o plataformas de contenido estaba dirigiendo hacia un escenario de restricción y censura, nos alarmó muchísimo.
No es censurar el teléfono móvil o cualquier nueva tecnología que experimentos como especie, es cómo integramos de forma eficiente esa tecnología en el ecosistema cultural / social / educativo / económico, político; que nos permita como humanos, aprovechar al máximo esas herramientas tecnológicas para nuestro beneficio como especie.

Se necesita que todos los actores estén “al nivel” de la conversación y el reto. Pero lamentablemente no lo están. Tenemos una clase política analfabeta en temas tecnológicos. Una clase empresarial sin ética enfocada solo en el negocio. Una clase educativa rezagada y en muchos sentidos “obsoleta” frente a los cambios de paradigma educativos. Y un estado humano que no entiendo cómo funciona esa tecnología que usa todos los días.

Y lo urgente es que si esto está pasando con el contexto de Internet que ya tiene tres décadas en nuestras vidas. ¿Qué niveles alcanzaremos cuando la Inteligencia Artificial alcance los niveles de adopción de Internet? ¿Qué pasará cuando dejemos atrás a nuestros influencers humanos y ahora sean avatares artificiales individuales? ¿Estamos preparados para ese mundo? Hoy la respuesta es un contundente no y estamos moviéndonos velozmente a ese escenario.

«No vamos a detener el gran recableado de la humanidad», coincide Haidt y la cuestión parece ya parece cerrada: su libro “grita” de manera urgente, que se está arruinando a toda una generación de niños. Jonathan no lograr ver ninguna señal de que los niños puedan superar este recableado cuando les quitamos la infancia humana normal y les damos en cambio un recableado, que está afectando sus vidas profundamente.

Jonathan Haidt formula una idea muy clara: hemos hecho dos cosas a la vez y en direcciones opuestas.

  • En el mundo real, sobreprotegemos a los niños, limitando su juego libre, su autonomía y su exposición gradual al riesgo.
  • En el mundo digital, los subprotegemos, dándoles acceso casi ilimitado a smartphones, redes sociales y contenidos diseñados para capturar su atención.



A este doble movimiento es lo llama la “Gran Reconfiguración de la infancia”: el reemplazo de una infancia en la calle, el parque y el juego físico por otra centrada en pantallas, algoritmos y redes. Jonathan piensa que aún estamos a tiempo de revertir el daño, si los poderes públicos, empresas tecnológicas, centros escolares y padres ponen en marcha una serie de medidas para evitar que los niños caigan presa de esa trampa tecnológica. Propone cuatro soluciones:

  • No al smartphone antes de los 14 años;
  • Nada de redes sociales antes de los 16;
  • Prohibición de móviles en centros escolares
  • Y mucho más juego sin supervisión e independencia infantil, a fin de que el menor desarrolle habilidades sociales.

Ya saben ahora mi postura. Creo que es momento de que inicie la conversación.
¿Qué opinas de este libro y del tema tan complejo que aborda? ¿Qué postura tienes?
Te leo en los comentarios.

Jon Black
Jon Black
CEO de Blackbot. Egresado de las licenciaturas de Comunicación y Mercadotecnia. 20 años de experiencia como consultor en diseño estratégico, innovación y negocios. +15 años de experiencia impartiendo clases, sesiones, talleres, dentro y fuera del país alrededor de los temas: negocios, innovación, tecnología, creatividad y transformación digital.

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